viernes, 23 de junio de 2017

Tiestos y tiestas



Pues sí, Matías, fuera del tiesto o la tiesta. Estamos en un tiempo en el que hay que medir más las palabras que lo que se dice. Estaba yo el lunes de la feria, aprovechando que costaban los cacharricos a cincuenta duros, y dice un abuelete que estaba a mi lado: “hay que ver qué bien se los pasan los nenes en los columpios”. Yo asentí, evidentemente, que estaba con mi Lucía para que disfrutara de las atracciones. Pero alguien al lado le espetó “los nenes y las nenas, querrá decir”. El pobre se quedó parado y sólo pudo asentir.

Entonces me dio por pensar, mira tú que cosas a mi edad. ¿Y si hubiera dicho “los chaveas”, o “la chavalada”? A lo mejor no viene en el tocho ese rancio del DRAE, pero caramba, se entiende que engloba a todos los géneros. Es una catalogación neutra filtrada por edad, simplemente. Igual que decir los nenes así, en general.

Tenemos más vocabulario que gastronomía, que ya es decir, pero no lo usamos. Muy al contrario, duplicamos lo que hay hasta retorcerla de la manera más grotesca.

El guaperas ese que le ganó a la de Andalucía, ¿Cómo era…? Pedro, si, como mi pequeño. Habla el hombre que parece que mantiene dos conversaciones simultáneas, como cuando el móvil te da eco y hablas sólo porque no hay quien se entere de nada. “Amigos y amigas, candidatos y candidatas”,… Chapeau, evidentemente, porque si hablas con un grupo de gente te tienes que referir a todo el grupo.  Yo empiezo siempre con un “Pues sí, Matías” porque sólo hablo contigo. Imagina que, por mil demonios, estas charlas acabaran… ¿Yo qué sé? ¿En un periódico mismamente? Claro, ahí tendría que generalizar. Llámame viejo o arcaico, pero en ese caso no diría “lectores y lectoras”. Entiendo que “lectores” como genérico puede, aunque no es así, dejar a las féminas aparte. Ahí usaría “a quien me lea”, por ejemplo. ¿Ves qué fácil?

El problema es que así, pese a ser inclusivo, no lo demuestro. Es mejor decir “electores y electoras” que “electorado”, o eso deben pensar quienes escriben los negocios.

En mi pueblo eso es ser un pintas o, como dicen ahora, hacer “postureo”. No sólo eso, sino que de esta manera evitamos hablar de lo que queremos hablar y nos centramos en el cómo.

¿Por qué se insiste más en llamar “directores y directoras” a quienes se hacen cargo de la gerencia de una empresa? La gran mayoría son señores con mostacho y traje de chaqueta gris o marrón. ¿Por qué no tratar de que haya más señoras en esos cargos? Me da igual cómo se llame, lo mismo “gerentes y gerentas” que “alcachofos y alcachofas”, pero que las haya, que estén ahí donde deben de estar.

Inauguraba un amiguete mío su piscina hace unos días: limpica, agua fresca y cristalina. Va y me suelta “voy a invitar a todos los amigos y amigas de mis hijos e hijas para que se lo pasen bomba y hagamos un guiso”. Me quedé un rato pensando, poquito, claro, y le dije “osea, que vas a convidar a las amistades de tu progenie, ¿No?”. Mira tú que cosa más sencilla. Bueno, pues empezó a llamarme carcamal, viejuno, y a echarme en cara que hablara muy raro.

¿Qué es más importante: que todos disfruten juntos un día de piscina o que mi amiguete quede de lujo dándoselas de inclusivo? Es igual que lo de los gerentes o gerentas. Lo importante es que todo el mundo pueda hacer de todo, que se respeten los derechos y se garanticen las oportunidades de las personas independientemente de su sexo o género. Además lo que ganaríamos en vocabulario si un día juntamos a toda la membresía de nuestro grupo, felicitamos al equipo médico por su trabajo, o nos manifestamos delante de la dirección de la empresa para exigir mejores salarios.

Resumiendo, que más vocabulario y menos adaptación forzada. Hay idiomas que no tienen género, como el inglés, y se quitan de esos problemas. Pero tienen menos riqueza que la nuestra. Si Cervantes levantara la cabeza, amén de darse un testarazo con la tapa allá donde esté, se reiría de nosotros; y Rosalía de Castro se saldría de los billetes de cien duros avergonzada.


Chimpún



Pues sí, Matías: chimpúm. En cualquier otro lugar del universo mundo un chimpún sería la manera de acabar. Como un pispás o un colorín colorado. Pero aquí somos como somos, y el chimpún lo usamos para todo: desde el comienzo hasta el final. Como en la peli aquella: “me encanta el olor a pólvora por la mañana” o algo así.

Este mes han sido los primeros los del Rocío. De la Cruz del Coto se van al Coto de Doñana y acompañan de chimpunes toda su trayectoria, hasta la avenida de Portugal. Supongo que no andarán con cohetes por el resto del camino, nadie entendería nuestras costumbres y los detendrían en cualquier esquina. A la vuelta no van a ser menos, chimpunes por doquier para anunciar la llegada. ¿No es bastante con cortar el llanillo para bajar andandico hasta el coto?

Si la religión es una de las grandes pasiones, el fútbol no lo va a ser menos. Otra oleada de chimpunes porque el Madrid ha ganado no sé qué cosa. Jugaba contra un equipo italiano, así que todos iban con “el de aquí”. ¿El de aquí? ¡Pero si la estrella es un chaval de Portugal! En fin, será eso que dicen de que hay que sentir los colores.

Lo que sí he sentido yo y no precisamente de colores, sino de olores y sabores, han sido las pitanzas gastrofestivas que se nos han juntado en un chispo.

En la puerta del excelentísimo el marisco. Luego dice la gente que lo de la globalización no existe: ¡Si tenemos marisco en Alcalá! Lo más exótico que he probado yo ha sido el atún con Musa en alguna boda, regado con un Savin y Pitusa. Alguna gambica también, esporádicamente. Pero ahora no, ahora tenemos aquí pescado como para llenar cincuenta bacotones y alvariño para marinarlo. No me preguntes qué es eso, pero algo así como un vino de guisar en plan pijo.

Yo soy más, ya lo sabes bien, de la tierra que del mar. Así que tras comerme unas almejas enormes tamaño folio que ni me acuerdo como se llamaban me bajé al paseo a probar los quesos. Eso sí era sentir y viva la globalización. Desde Alcalá, Ermita Nueva o Santa Ana hasta las más recónditas cuevas de La Coruña. Y con vinos de los de toda la vida, de la tierra, nada del Álvaro ese pajizo que ponían arriba.  Con su chambaico para quitar el Lorenzo de justicia que ha caído estos días se estaba en la mismísima gloria. Dos pastillas del colesterol me he tenido que tomar, pero la ocasión lo merecía.

Así que con la barriga llena, la tocha más que castigada, el gaznate a reventar y los tímpanos como papel de fumar; ¿Qué quieres que te diga? ¡Que han sido unos días de lujo! Hoy, eso sí, me voy a tomar una sin alcohol, que ya mismo tenemos la feria encima y toca purificar el cuerpo.

¡Miguelillo! Deja ya el telefónico y llena al múo por estos roales, que me tienes más hechas que la Marinati a su madre.

¡Qué Cruz!



Pues sí, Matías: ¡Qué cruz! Cambio de mes, de trimestre, toca hacer la renta,… un sin vivir para este mes al menos nos ha salvado de un abril más que peculiar. Si en abril aguas mil, y temperaturas que suben y bajan como los precios; esperemos que este sea un mayo arreglado: ni frío ni achicharrado.

No es que sean malos los cambios pero, ya a ciertas edades, con que un día refresque se ponen los huesos demasiado quisquillosos. Al menos el tiempo sí que ha respetado las fiestas. Raras, eso de empezar la semana con festivo, y más o menos tranquilas, pero bien llevadas. Nosotros nos pasamos el lunes para darle un buen estreno, me acerqué con mi Lucía y casi me cuesta un disgusto bajarla del mono hinchable. No quisiera yo dejar a la niña sin jugar, pero también quería ver el ambiente. Un par de morcillas, un par de pinchos y a casita. Luego ya que la suban otra vez sus padres si se animan, que yo con ese par de horicas que echamos ya me doy por satisfecho.

De camino al juego de pelota, que no todo van a ser fiestas, paramos en el paseo a ver la manifestación del trabajo. Yo me esperaba que, como mínimo, acudieran los mil y muchos  parados que tenemos en el pueblo pero, mira tú por dónde, de los cuarenta y algo que iban casi todos tenían curro, eran aún estudiantes o estaban jubilados. Muy raro todo, se ve que estarían mandando currículums o estudiando unas oposiciones y por eso no pudieron acudir. O bien estarían en Charilla, que se daba una comida para celebrar el día del trabajo. Demasiado cómodos somos: en lugar de pedir para pan vamos a que nos lo den. Así tenemos un día sin hambre y al siguiente ya veremos qué hacemos. Si con cruces las del juego de pelota, más cruz es el desempleo. Ahí tenemos las dos cruces clavadas, pero no las dos en el monte del olvido.

Una vez en casa ni cruces ni nada. Es lo bueno de haberme bajado al sur, que me he quitado de pasar estas fiestas espantando a los chavales que orinan por las esquinas. Tranquilidad, paseo hasta el cementerio y el transistor portátil para ir escuchando el parte por el camino. Así es la felicidad, tan sencilla como difícil de encontrar.

Lamentablemente la gente se empeña en esquivarla o esperar a que le venga hecha, como si la vida fuera ir por una autovía recta y sin tráfico. Dices tú de autovía, ni siquiera en eso nos ponemos de acuerdo. Te pones a leer lo que cada partido dice al respecto y la única conclusión (si damos por hecho que ninguno miente) es que tenemos entre cinco mil euros y más de veintidós millones para la conversión de la nacional. La horquilla es amplia, sin duda. ¿Te imaginas llegar al banco y decirle al cajero “deme entre cinco mil y veintidós millones de euros”? Pensaría que le estás tomando el pelo. Y tal vez no vaya muy desencaminado. Cuando esté hecha, si es que aún estamos nosotros para verla, estaremos de Granada a media hora escasa. Es ahora y hay gente que baja hasta para comprarse un par de calcetines, imagínate cuando tardes lo mismo en ir y venir que en bajar andando al mercaillo desde la carretera de Priego. Queremos vivir en un sitio tranquilo, pero que haya mil discotecas para salir de fiesta; que vendan de todo, pero casi ni compramos el pan; tener un trabajo estable, pero no vamos a pedirlo. Atrás quedaron los años buenos, que éramos el centro de la comarca y mucho más, hasta de Benalúa o Priego venía gente para comprar y echar el día.

Ya llegarán tiempos mejores. O llegará la autovía. Lo que tiene que llegar es el vaso de vino, ¿Has pedido ya? ¡Migue! Venga hombre, que estamos más secos que la pila de agua bendita de Santo Domingo. Esta juventud se pone a mirar el móvil y se les va el santo al cielo. Qué cruz, Matías ¡Qué cruz!

Todos Menos Yo



Pues sí, Matías: todos menos yo. Menos tú, que cantaba aquel ubetense de la voz aguardentosa. Al menos en lo que a semana santa se refiere. Ya la sufrí (o disfruté, según se mire) todos los años que pasamos por la tejuela. Pero este, aquí en el sur, gloria bendita, valga la redundancia.

También es verdad que teniendo el Silo a tiro de piedra ha sido un año entero de bandas ensayando. Nada mal lo hacen, ¡Vaya nivelazo! Pero el merme es el merme y, ¿Para qué te voy a engañar? Andaba ya saturaete de pitos y tambores.

Mi Paquita sí era de las de ver la salida y la entrada en el templo del santo que encartase. De buscar el mejor sitio cuando el encuentro. Ahora parece que ha pasado como en las familias esas que salen en la tele: nene y madre no quieren ni verse, al menos dejaron lo del encuentro ese tan carismático para otra ocasión más personal. El pique entre bandas, equipos, cofradías, grupos… es algo innato al ser humano, eso es innegable. Pero tal vez lo estemos llevando a unos niveles que se nos escapan de las manos. A este paso pedirán a los chavales en el currículum que ponga su partido político, equipo de fútbol y cofradía preferidos. Los tres pilares de la sociedad que tenemos.

Todos menos yo, te decía. En política tengo muy claras mis ideas. Bien es cierto que he cambiado en ocasiones mi voto, pero no ha sido el voto en sí, sino el modelo propuesto. Si quiero que se haga tal o cual cosa voto al que propone de manera plausible  que se haga tal o cual cosa. Eso no es ser chaquetero, chaqueteros son los que un día te prometen realizar tal intervención pero al siguiente hacen la contraria.

En fútbol ni te cuento, ahí sí es verdad que no tengo preferencia alguna.  Si acaso como mi Paquita, que siempre decía “que gane el equipo más chico, que seguro le hace más ilusión. Y si no el árbitro, que están sólo en mitad de tanto borrico”.

Hablar de cofradías y demás apaños semanasanteros es a lo que siempre me negaré. Me gusta, en ocasiones, ver una buena banda o un buen paso. La verdad es que es entretenido y da gloria ver el Llanillo de bote en bote. Pero no seré yo quien entre en el juego de  medirse las trompetas ni los colores del capirote.

Aunque las tradiciones son las tradiciones, y como tales hay que tratarlas. Es una semana entretenida, con mucho que ver y mucho que disfrutar. ¿Lo mejor? Haberla pasado en el sur. El otro año, no sé si te acordarás, me quejaba cada dos por tres. Era imposible echar un vínico en el Cachas o tomarse unos caramales en el Madrid. Ahora estoy al otro lado de la guita del penitente. Ahora soy yo no quien se tiene echar a un lado porque vengan los de fuera a refrescarse el gaznate, sino el que se sienta al fresco en la puerta a ver plácidamente como la peña se desespera en pos de un abrevadero espirituoso y alimenticio.

Ni bueno ni malo, ni malo ni bueno. Simplemente distinto. Aprovechando el buen oraje nos hemos pasado unas tardes la mar de agustico en el campo, con mi Lucía correteando a los perros y destrozando terrones. Es una especie de precalentamiento para las olimpiadas de verano. Los abuelos las tenemos todos los años, no como esos que dicen llamarse atletas. ¡Lo nuestro sí que es un maratón, triatlón o “muchilón”. En tres mesecicos me acaba la niña el cole, y los padres currando, que con suerte tendrán una semana como mucho de vacaciones. Así que la semana santa ha sido el último ensayo general.

Como la lluvia ni está ni se le espera, en unos días tiraré a la finquilla a ver si voy limpiando el estanque y lo organizo todo para irnos como mínimo a pasar los fines de semana. Luego las semanas completas, y después todo el agosto. Que de agosto a “a gusto” hay sólo una letra y un espacio, que son la “u” de mi Lucía y el espacio que tenemos para perdernos paseando entre olivos.

Como todos menos yo currarán este verano y todos menos yo se han hinchado de ver procesiones, es de ley que seáis todos, menos yo, quienes digáis de llenar estos vasicos tan resecos. Yo no digo nada, pero va siendo tiempo de pasarse al tinto de verano. ¿O no?

Estamos comoel Tiempo



Pues sí, Matías, estamos como el tiempo. Decían los viejos que “el invierno no ha pasado hasta que abril haya acabado” y verdad que es. Lo mismo tenemos un día de solano de los que tornan el cogote carmesí, que otro de los que ponen los pezones como para colgar dos chaquetas de pana mojadas.

Meramentico así estamos todos, un día uno para todos y otro todos para uno, pero sin mezclar, que sienta mal. Ahora están liados en la Mota con la restauración de la muralla de atrás. Noroeste creo que es, o la otra, no me he enterado nunca de las brújulas como andan. Parece ser que tenemos la fortaleza como los escenarios de un teatro: por delante todo estupendo y por detrás andamios y cinta americana. No es que sea todo fachada, ni mucho menos, que bien bonica está por dentro y por fuera. Pero claro, el culo no se lo ve nadie, así que no se han metido manos a la obra hasta que no ha amenazado con… bueno, ya sabes lo que hace esa parte, sea de un cuerpo humano o de uno arquitectónico. La verdad es que la Mota, por mucho que la adecenten, tiene ya una edad. No tanto como mi parienta la Dolores, la “Isidora” más longeva, que lleva andando por la Tejuela desde antes que llegara Ibn Said, pero por ahí andará. Es que hay gente que no envejece, igual de estupenda está con los mil y pico años que tiene que cuando tenía sólo setenta. Parece cosa de magia.

¿Has visto los trucos esos de los magos de cartas? Sí, hombre, el majara ese del sombrero de copa, el Tamariz y los demás, pues lo mismo ha pasado en lo alto de la calle Real: todos pendientes de restaurar el trasero de la fortaleza y va y se cae una casa en lo alto de la calle. No creo que fuera un desvío de atención como hace el del violín imaginario, pero no deja de resultar curioso. Además amenaza la casa caída con seguir haciéndolo, se ve que no se revisó en su día o que aparentaba lo que no era. Menos mal que no hemos tenido que lamentar más daños que el de quedarse sin casa, que no es poco. En lo del chato están alojados, mientras se las averiguan.

Pero ni todo es magia ni todo imaginario. O tal vez sí. Me acerqué el otro día a un bar de esos modernos que llaman pús. Vaya nombre desagradable, la verdad. ¿Tal vez era pub? El caso es que este se llamaba Casablanca, como la peli esa que le gustaba tanto a la Paquita, del malafollá amargao que se encuentra con su novia de mozuelo pero le ayuda a irse con su novio de ahora. Nunca entenderé las películas modernas. El caso es que, y esto iba por lo del violín, había un artista extranjero tocando esa guitarrilla pequeña que se echan al hombro como el tío del butano. Para mí que no era extranjero, llámame paranoico, pero juraría haber visto al artista moldavo al sacar cita para don Manuel en el CHARE. Muy buen ratico, y en grata compaña, que los mozalbetes que allí había valen más que un potosí. Da gusto ver como se apuntan los chaveas a los eventos culturales que tienen realmente trasfondo.

Para cultura, de la buena buena, mi Lolilla que viene a presentar un libro. La Montijano, que lo mismo te hace un cuadro que te escribe una novela, vuelve a su casica que es Alcalá a presentar su último libro: “La Casa”. Coincidiendo con el día 23,  del libro, cuando la espichó el tullido de Lepanto. Ganicas hacen ya de ver a la muchacha, que desde que se apoltronó en las granadas se prodiga menos que la mujer de Colombo. Y ese mismo día, por la tarde, unos chavalicos de lo más apañado leen sus propios relatos en el bar raro ese que te dije, el Casablanca. Ya tiene mérito, en estos tiempos que corren, no sólo ponerse a escribir sabiendo que es sólo por amor al arte, sino encima leerlo en público y regalarlo a los asistentes. Esta cultura si es la que me gusta aquí, a la que tenían que bajarle el IVA, y no a los toros.

La gente no me cree cuando se lo digo, pero Alcalá es a la literatura más o menos como Valencia a los puentes que se caen solos: un referente. No ya sólo por los premios del Arcipreste, que también, sino que si le das una patada a una piedra o sale alguien que escribe que da gloria leerlo o sale alguien que toque la guitarra o cante como un ruiseñor. Te decía la otra vez que todo era correr y cantar, pero también escribir, leer, compartir cultura y, sobre todo, disfrutarla. Porque estas cosas son como una partida de chinchón: si no tienes a nadie con quien compartirla deja de tener sentido.

Mis partidas de chinchón las voy a tener que aplazar, que se me ha ido mi compadre con el que jugaba, el Mateo. Mil años de mercaillo en mercaillo con la furgoneta cargada de ropa de la buena. Esta rebeca, sin ir más lejos, se la compró mi Paquita hace ya unos años y mira como está, mejor que nueva. Trabajando, llevándolo todo para adelante sin quejarse lo más mínimo. Luego a la jubilación con su perrico de arriba abajo, con el puro apagado en la boca y saludando al ciento y la madre por el camino. Ahí queda la señora Dolores, todo mi cariño para ella, y tres nenes como tres soles.

Así que hoy toca brindar por Mateo: ¡Francisco! Ponte otros dos vinicos y deja uno más ahí en la barra; que, como decía la copla,  “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.