viernes, 20 de noviembre de 2015

Otoño



Pues si, Matías, que tenemos al otoño aquí, y ha entrado como un elefante en una cacharrería. Lo mismo te caen cincuenta litros en la chola que te fríes como una setica de álamo a la plancha. Los entendíos dicen  que es cosa del cambio climático. Pero que al otoño no lo entienda ni la madre que lo parió viene ya de bastante lejos.

Y eso que otoño tenemos todos los años. Unos más largo, otros más corto, pero siempre fiel a su cita, como está mandao. Lo que si es nuevo, que te lo decía el otro día, es lo de celebrar los santos pidiendo chuches. ¿A quién se le ha ocurrido eso? A mi me tocaron en la puerta, catorce nenes que no levantaban más de un metro del suelo y dos padres que los acompañaban. Los pobres, con el rostro circunspecto, que viene siendo una mezcla entre el quinto del cabildo y un caballo asomado por lo alto de una tapia.

Tocan a la puerta, serían ya por lo menos las nueve y media, hora de llevar un par de ellas acostado, y me piden caramelos. ¡Ayyy! Lo que me acordé de mi Paquita. Ni cinco minutos hubiera tardado en freírle azúcar y hacerle unos palillos de esos que hacía ella. O poner una hortera de gachas, que son más sanas y no pican los dientes.

Pero ya no se lleva por lo visto eso de las gachas, los boniatos y las castañas asadas. Y ojo, que no digo que sea ni mejor ni peor, sólo que distinto. A estas edades cambiar algunas cosas cuesta mucho. Otras ya me gustaría poder cambiar, cambiar a otros aires nuevos, pero eso es otro tema.

Y dices tu de aires, carreteras cortadas por que se caían los árboles, del viento. Ya mismo estamos como el Mago de Oz y salimos todos volando. Y cuando no es un viento que te levanta hasta el tractor, es un aguacero que te suelta más de diez litros en cinco minutos. Menos mal que a mi me pilló en el bar, meramente acabando la partida, que si no llego a casa como una sopa y en canoa.

Y encima, para un caprichico que tiene uno, echarse una partidilla, con el aperitivo, ya nos lo quitan prácticamente. La Alcázar, madre mía, que hasta mi abuelo la bebía en lo alto de la calle de la peste, o en la taberna de Pedro Alba. Ya ni eso. Los extranjeros, que son así de caprichosos y un día nos lo compran todo y al día siguiente lo tiran a la basura. O nos lo venden a mil veces su precio, como el aceite.

Que de aceite veremos a ver como escapamos este año,  tenemos la campaña a la vuelta de la esquina y la cosa no parece enmendarse. Y en la Nácar-Colunga no pone que es lo que hay que rezar concretamente para recoger mil millones de kilos, con lo que habrá que ir tirando como buenamente podamos. Menos en Santo Domingo, que toca cambiar el mono por el traje de los domingosy salir a votar. O hacer como el Superman y cambiarse en la cabina esa detrás de la cortina.

Dices tu de cortina, ¡Maestro! Llénate otro par de cortinillas del terreno, que este año te ha salido el tempranero para chillarle.

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