jueves, 23 de junio de 2016

De Norte a Sur



Pues sí, Matías, de norte a sur. Para lo bueno y para lo malo. Para volver o para quedarse.

Ojo, que no es quejarme. De hecho para unas cosas me viene hasta bien. Ahora la feria, por ejemplo. Tras la semana santa y las cruces, por fin le mandamos la juerga a otros vecinos. Se echa un poco de menos, todo hay que decirlo. Pero también se agradece la paz y el sosiego en el casco antiguo. De norte a sur que se va la fiestecica. Y cada vez más al sur. En el parque sí que iba yo, con mi Paquita, que le gustaba eso del jolgorio más que rascarse una pupa. Y este año con mi Lucía, a montarla en los cacharricos el día del barato. Más apañá la feria de este año... Con su escenario en  mitad y las casetas alrededor. Unos columpicos aquí y unos cacharros allá. Sí señor, así va uno a tiro hecho

Demasiadas cosas se van de nuestro barrio ya. Ahora es el turno de Montañes. ¡Anda que no iba mi Paquita a por leche condensada al baño maría para la merienda de los nenes! Y cuando había visita importante no faltaban los rellenos, que mi prima la de Barcelona creo que sólo venía a vernos para llevárselos puestos. Mucho ha llovido ya desde que nos echábamos los vínicos con Valeriano, puerta con puerta, para luego llevarnos unas morcillas pa la lumbre. Pero claro, los tiempos cambian. Estos, al menos, echan el cierre por jubilación, que es la mejor razón que hay. Lástima que nadie se anime a seguir. Se lo dije a mi Antonio, que anda ahora buscando por ahí cambiar de trabajo. Veinte años en la fábrica son muchos. Pero no termina de verlo, dice que no es sólo la receta y el saber hacer, sino las manos. Y razón no le falta al chaval, que no hay máquina que haga las cosas como alguien que las hace a mano desde hace décadas.

En el sur es donde se abren ahora todas las tiendas nuevas. Del centro al sur. Y no será por barrios nuevos arriba, pero nada. La gente sigue prefiriendo bajar a Alcalá a comprar. Por falta de oferta fijo que no es. Meses me tiro yo que lo más lejos que llego es a la calle Veracruz, y eso ya es por deleitarme paseando. Lo bueno es que al menos gente joven se ve cada vez más. Lo malo es que pocos se animan a darle a la parte alta del llanillo el frescor que tenía antes. Pero todo se andará, que lo último que se pierde es la fe, y sobre todo cuando es en la juventud.

Más delicado es cuando los viejos nos quedamos solos. Y es que parece que nos ven como tonticos del todo. El otro día le dejaron un paquete al Joaquín, ese que se iba a la manzana contigo. Y con la excusa de que era para una vecina que no estaba o no sé qué historias le soplaron casi tres mil pesetas. Luego, claro, ni había pedido nada la buena mujer ni leches. Y cuando no es eso es una revisión falsa del gas o de lo que sea. Mil ojos hay que tener, y fiarse lo preciso. Pero claro, somos demasiado confiados y por ahí nos dan. Pese al cuidado que tengas ya volverá otro más tarde a intentar timarte.

Otra cosa que vuelve son las elecciones, que ya les vale. No te voy a hablar de política, porque sé que tú eres de los tuyos y ahí no hay tutía. Pero la culpa de que se repitan es sólo de todos. Que el otro día en el debate ese no paraban de decir que si por la tuya que si por la de aquel… En fin, para qué vamos a calentarnos otra vez. Lo bueno que ha tenido esto es que hemos podido ver a todos retratados. Así que en caso de duda cada uno sabrá ya de sobra si al que votó era lo que parecía u otra cosa. Y para esto no hace falta ni sur ni norte, que por colegios electorales no quede.

Si queda algo en el norte, y espero que dure más que yo, son las sagradas tabernas de charla y partidica. Así que venga: ¡Adolfo! Ponte otros dos vínicos y un puñado de garbanzos para cuentas del mus. Luego los cuentas tú mismo, que el que pierda paga.

sábado, 4 de junio de 2016

Los mejores "peros" (y mejor gente)



Pues sí, Matías, somos los mejores “peros”.

Tenemos de las mejores economías de la provincia, pero se nos va todo en multas y créditos. Tenemos una situación estupenda para el  deporte, pero vamos en coche por las calles, en bici por las aceras y andamos por el carril bici. Tenemos un tejido comercial envidiable, donde hay casi de todo en casi todos los barrios, pero nos vamos a Graná a dejarnos los cuartos. Tenemos más de un 15% de paro, pero dejamos que se pudran las instalaciones de los sindicatos donde poder formarse. Tenemos los mejores barrios con encanto, pero sin sitio para aparcar y disfrutarlos. Tenemos las mejores plazas con las mejores vistas, pero tenemos de rehacerlas a los pocos meses. Tenemos los mejores conventos restaurados, pero no un uso definido para el mismo. Tenemos las mejores naves agrícolas, pero se las regalamos a los de fuera. Tenemos hasta sede universitaria de la UNED, pero le ponemos trabas a los estudiantes limitándoles el uso de las salas de estudio.

En resumen, que tenemos lo mejor de cada casa, pero poco lo aprovechamos.

¿Qué a qué viene todo esto? Pues a que se da uno cuenta que se hace viejo, y toca preguntarse ¿Qué le vamos a dejar a las generaciones venideras? Los viejos más o menos tenemos la vida aviada, pero los nuevos lo tienen alguillo más crudo. Estas semanas he tenido varios velatorios, el último el de la hermana de un muy buen amigo mío, y ahí es cuando te da por pensar.

Se lo comentaba a mi Juanillo, que está ya en la edad de saber cosas de la vida. Y mira tú por donde, para él está todo estupendo. Bueno, no es que esté estupendo, pero al menos no se queja. “De los pocos que no se quejan” me dice orgulloso.

Y ya empezó a contarme que si tal día estuvo de conciertos, que si tal otro en la presentación de un libro. Que si en un taller de música que si en otro de payasos o de empresas. Y entre tanto pasándose por alguna exposición. Hasta hacen sus campeonatos de cartas. Pero no del Mus, de unas muy raras con bichos y demonios.

Estos niños, “pero es porque te bajas a las Granás”, le dije. Pues héteme aquí que no, que todo lo hace el chavea sin salir del pueblo.

Evidentemente echa cosicas en falta. Pero vamos, que tampoco se queja. Y precisamente no se queja porque es de los que se entretiene en montar algún que otro menester de estos.

Total, que llevo ya unos días dándole vueltas al tema. Metafísico que se pone uno de cuando en vez. Así que el otro día me cogí a mi Lucía y, en lugar de llevarla a los columpios, me la llevé al campo. “¡Pero aquí no hay ‘culumpios’, abuelo!” me decía enfadada. Pues vamos a hacérnoslo. Un cacho soga que había por ahí, una recámara vieja y columpio tenía la niña. Luego le dimos una vuelta a las gallinas, nos trajimos unos huevos y casi se nos hizo de noche. Por el camino me iba diciendo lo que bien que se lo había pasado, deseandico estaba de llegar al cole al día siguiente para contárselo a sus amiguetes.

Le contaba que uno disfruta casi más columpiándose cuando se ha fabricado su propio columpio. Pero que también había que tener unos cerca de casa. Para tener lo mejor de algo hay que eliminar los “peros”. De una manera y otra. Bien pidiendo que arreglen el parque del al lado o bien construyendo tus propios columpios. Tan importante es saber hacerlo como saber exigirlo.

Como el vino, por ejemplo. Que se me ha acabado el que hicimos este año, así que toca pedirlo. ¡Maestro! Llena por aquí dos ponchecicos con escombros, que nos refresquemos por dentro también.