sábado, 4 de junio de 2016

Los mejores "peros" (y mejor gente)



Pues sí, Matías, somos los mejores “peros”.

Tenemos de las mejores economías de la provincia, pero se nos va todo en multas y créditos. Tenemos una situación estupenda para el  deporte, pero vamos en coche por las calles, en bici por las aceras y andamos por el carril bici. Tenemos un tejido comercial envidiable, donde hay casi de todo en casi todos los barrios, pero nos vamos a Graná a dejarnos los cuartos. Tenemos más de un 15% de paro, pero dejamos que se pudran las instalaciones de los sindicatos donde poder formarse. Tenemos los mejores barrios con encanto, pero sin sitio para aparcar y disfrutarlos. Tenemos las mejores plazas con las mejores vistas, pero tenemos de rehacerlas a los pocos meses. Tenemos los mejores conventos restaurados, pero no un uso definido para el mismo. Tenemos las mejores naves agrícolas, pero se las regalamos a los de fuera. Tenemos hasta sede universitaria de la UNED, pero le ponemos trabas a los estudiantes limitándoles el uso de las salas de estudio.

En resumen, que tenemos lo mejor de cada casa, pero poco lo aprovechamos.

¿Qué a qué viene todo esto? Pues a que se da uno cuenta que se hace viejo, y toca preguntarse ¿Qué le vamos a dejar a las generaciones venideras? Los viejos más o menos tenemos la vida aviada, pero los nuevos lo tienen alguillo más crudo. Estas semanas he tenido varios velatorios, el último el de la hermana de un muy buen amigo mío, y ahí es cuando te da por pensar.

Se lo comentaba a mi Juanillo, que está ya en la edad de saber cosas de la vida. Y mira tú por donde, para él está todo estupendo. Bueno, no es que esté estupendo, pero al menos no se queja. “De los pocos que no se quejan” me dice orgulloso.

Y ya empezó a contarme que si tal día estuvo de conciertos, que si tal otro en la presentación de un libro. Que si en un taller de música que si en otro de payasos o de empresas. Y entre tanto pasándose por alguna exposición. Hasta hacen sus campeonatos de cartas. Pero no del Mus, de unas muy raras con bichos y demonios.

Estos niños, “pero es porque te bajas a las Granás”, le dije. Pues héteme aquí que no, que todo lo hace el chavea sin salir del pueblo.

Evidentemente echa cosicas en falta. Pero vamos, que tampoco se queja. Y precisamente no se queja porque es de los que se entretiene en montar algún que otro menester de estos.

Total, que llevo ya unos días dándole vueltas al tema. Metafísico que se pone uno de cuando en vez. Así que el otro día me cogí a mi Lucía y, en lugar de llevarla a los columpios, me la llevé al campo. “¡Pero aquí no hay ‘culumpios’, abuelo!” me decía enfadada. Pues vamos a hacérnoslo. Un cacho soga que había por ahí, una recámara vieja y columpio tenía la niña. Luego le dimos una vuelta a las gallinas, nos trajimos unos huevos y casi se nos hizo de noche. Por el camino me iba diciendo lo que bien que se lo había pasado, deseandico estaba de llegar al cole al día siguiente para contárselo a sus amiguetes.

Le contaba que uno disfruta casi más columpiándose cuando se ha fabricado su propio columpio. Pero que también había que tener unos cerca de casa. Para tener lo mejor de algo hay que eliminar los “peros”. De una manera y otra. Bien pidiendo que arreglen el parque del al lado o bien construyendo tus propios columpios. Tan importante es saber hacerlo como saber exigirlo.

Como el vino, por ejemplo. Que se me ha acabado el que hicimos este año, así que toca pedirlo. ¡Maestro! Llena por aquí dos ponchecicos con escombros, que nos refresquemos por dentro también.

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