lunes, 8 de agosto de 2016

Escoñaos



Pues sí, Matías. Escoñaos. Por lo de la Casa el Coño, claro, que a mí no me gusta ser mal hablado. La casa es como el chiste ese de la tortuga en lo alto de un poste: nadie sabe qué hace allí, pero estar está. Y ahora hay que bajarla. Nunca he entendido el tema de las alturas. Pero caramba, cinco pisos en la calle Real son muchos pisos. Lo bueno es que tiene forma de roscón de reyes, así que se tira todo pal centro y al que le toque el haba pues que pague la demolición.

O no, mejo: ya que tenemos a expertos en demoliciones, como los que “demolieron” los árboles de la plazoleta de San Blas, que sean ellos los que se hagan cargo de “trepar” también la casa el coño. Que penica, de verdad. Con estos calores y les da por destrozar lo único sano que da fresquito

Es que son muchas cosas. Primero, ¿Para qué cortas árboles y los dejas allí tirados? Si al menos se los llevara uno a su finca pues mira, todavía. Sería algo menos inútil y darían sombra a alguien. Pero no, ha sido destrozar por destrozar, y eso sí que no lo entiendo. Mucho menos con estos solanos que, valga la redundancia, nos asolan cada día. Ya lo decía mi abuelo: De la Mota al Calvario aguario, y del Calvario a la Mota ni gota. Pues así estamos, que el puñetero solanico nos tiene más fritos que las tapas del Rano

Pero estamos en Agosto. Lo del frío en el rostro lo dejaremos para después de la virgen, como está mandao. Y en agosto pasa como en navidad. Bien por ser vacaciones, o bien por simplemente estar más relajados, se perdona casi todo. Al menos se tiene el consuelo de que casi a diario hay algo entretenido que hacer cuando se pone el sol y el oraje nos da una poquita  de tregua.

Y mira que hay cosas curiosas. Tiene una exposición de archeles que llaman “de la vida cotidiana”. Y ya ves tú, los mismitico que me tenía la Paquita guardado en las cámaras cuando vivíamos en la casa aquella de la calle Llana, y ya eran cosas viejunas entonces. Pero ahora resulta que es exótico. A este paso nos sientan a nosotros, como a los jubilados del parque, los de la entrada del aparcamiento, y la gente hasta pagará por vernos. “¡Miren ustedes, unos especímenes rondasiglos que tienen más visto del pueblo que la mismísima Torre del Homenaje!”.

La penica es lo del Menese, que dios lo tenga en su gloria. Precisamente me había animado a apuntarme al flamenco namás que pa escucharlo. Pero es ley de vida. Si es que no gana uno pa entierros. Un día el Menese, otro el ceporrero… Fíjate lo que piso el cementerio que, por inercia, subo siempre que voy al médico. No sé porqué, pero es enfilar la carretera de Montefrío y pegar ande los muertos sin darme cuenta.
Menos mal que mi Antonio se ha ido con su señora de un “espán” de esos. Que es como las aguas que tomaba la Paquita, pero más caro y con pompas. Y como se han ido pues aquí tengo a la Lucía, que entretiene más que todos los etnosures y festivales juntos.

Este viernes le he prometido que la llevo a ver a su ídolo, el flojete. Yo pensaba que, con toa la mala sangre que gastamos aquí, sería alguien del ayuntamiento. Pero no, es un payaso y a los chavalicos los tiene encantados. Yo lo vi una vez sólo. No es como el Charlie Rivel, pero sí que tiene su arte, y bastante. Es que ese “¡Auuuu!” subido a la silla de anea con una guitarra sin cuerdas es, aunque parezca una tontería, muy difícil de imitar. Y luego concierticos en el ayuntamiento.
Total, que tengo la agenda peor que cuando los jipis. Aquello al menos era un fin de semana, esto más de una docena de días.

Ya que Menese no se va a poder echar su vínico cantando, habrá que hacerle un homenaje. ¡Juan! Ponte tres vínicos: uno pa mi compadre, otro pa mí, y otro pal Menese que en gloría esté. Pero ese no lo cobres. La tapa si la puedes poner si quieres. Pero el vaso no hay ni que llenarlo.