viernes, 9 de septiembre de 2016

La Vuelta al Cole



Pues sí, Matías, la vuelta al cole. Ya se ha pasado el verano y, casi sin darnos cuenta, estamos de vuelta a la rutina.

Y vaya rutina, para mí que he pasado más tiempo de entierros que de paseo. Ya, lo sé, es ley de vida. Pero le da a uno mucho que pensar.

Precisamente por eso me lo estoy pasando pipa con mi Lucía. La vuelta al cole es para ella todo un acontecimiento: vuelve con su seño, que apenas hemos visto un par de veces en todo el verano, con sus amiguetes (que el Miguelillo le hace tilín, se hacen tilín, aunque aún no tiene edad para darse cuenta) y, sobre todo, vuelven los horarios normales y corrientes.

Que no veas tú que veranico me han dado entre unos y otros. Creo que nunca he tenido más ganas de que llegara septiembre que este año.

Ahora toca esperar a ver qué horarios tiene cada uno. Y me lo huelo yo que voy a ser el taxista oficial de la familia. A tal hora llevar a la Lucía al cole, luego recogerla del comedor a las tres de la tarde. Pero antes recoger a Pedrillo que está en la guarde hasta las dos. Dejar a cada uno en su casa y, ya si eso, comer yo cuando encarte. ¿Tú crees que me han dicho de comer en casa de mis nenes? Ni uno. Namás me quieren pa dar portes de bambinos de arriba abajo.

A mí sí que me torean. Y eso que este año no tenemos toros, pero para eso están los abuelos. ¿Sabes qué te digo? Que chapeau. Nunca me ha gustado eso de matar bichos por gusto. Si hay que matarlos se matan, que to quisqui tiene el capricho de comer a diario. Pero… ¿Es necesaria tanta parafernalia? “Es que el todo vive de lujo cinco años, y sólo sufre unas horas. Las vacas están atadas a las máquinas toda la vida y de eso no te quejas” ´me decía el Antonio el otro día. ¿Y sólo por eso hay que matarlos así? No hijo, no. Fíjate en los ministros, que viven al tutiplén y no por eso hay que escabellarlos cuando acaban sus legislaturas.

Acuérdate, cuando teníamos la finca allí, tirando pa Santa Ana. Cinco perros como cinco soles. Y los cinco comidos, bebidos y estupendos. ¿Por qué sean míos les voy a dar matarile cuando se me antoje y encima regodeándome?

“Es que es cultura, y tradición: siempre se ha hecho así” me seguía comentando. Claro, y elegir moza para arrastrarla de los pelos tras darle un porrazo también era tradición. Pero hace ya tiempo de aquello.

Para arrematar la faena, valga la redundancia, me salió con lo de “a ver si van a tener los animales más derechos que nosotros". Hombre, más no. Los precisos. Pero no es ya que los tengan o no. Tampoco los tienen las hormigas, y no estaba bien eso que hacíamos para entretenernos de quemarlas con la lupa. Tenemos el sadismo metido en las carnes. O, más que sadismo, la superioridad enfermiza. Es obvio que, según nosotros mismos, somos superiores a las hormigas. Y a los osos, pero a esos no los quemamos con lupas.

Encima, hablando con mi nieta del tema, vino mi Antonio a decirme que no la adoctrinara. ¿Qué no la qué? Es hijo mío, pero a veces pienso que me lo cambiaron al nacer. Le he enseñado lo mismo que a mi nieta, pero sin embargo está más que indignado con que no haya corrida este año. Le iba a hacer un chiste, pero me parecía de mal gusto que un jubilado viudo hablara de corridas.

Pa corridas las de la subida a la Mota. No los pilotos oficiales, que esos tienen cabeza para embalarse sólo donde sea menester, sino la de los chavalines haciendo trompos en la rotonda de los autobuses y carreras avenida arriba y abajo. Un peligro, más de uno tenía que estar a la sombra.

Y dices tú de sombra, ponle el sol y me lo tomo ya, que hoy necesito un desayuno de los buenos, me quedan aún mil matrículas que hacerle a los nenes. Y a las doce volveremos a los cuarentaytantos grados, así que toca recogerse pronto. Otro día ya hablaremos del cambio climático.

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