lunes, 17 de octubre de 2016

El día de la Alcalainidad



Pues sí, Matías, el día de la Alcalainidad debería de llamarse. Si hay algo que nos une más que una fiesta nacional es el agua. Y buena ha caído este doce de octubre. No toda la que debiera, ero algo es algo.

Se nota en el campo, con ese olor tan característico. Y en las calles, con esas canalizaciones que tras meses estancadas también van liberando ese olor tan... “característico”.

Fin. Eso es lo único en lo que podemos estar de acuerdo todos, en que ha llovido. Hasta mis huesos han dado buena cuenta de ello.

Luego ya hay opiniones para todos los gustos y colores. Los que celebran el orgullo de sentirse español, los que reniegan por tomarlo como un recuerdo de la masacre americana; los que disfrutan viendo el desfile militar por la tele, los que tienen reparos por el ostentoso gasto de sacar los tanques; los que esperan ansiosos la procesión del Pilar, los que están hartos de tamborcicos, …

Tantas opiniones como personas. Y aquí tantas como alcalainos. Por eso habría que cambiarlo y nombrarlo “El Día de la Alcalainidad”. U otro nombre mejor, que este suena a pila del transistor. Y hacer pues las cosas típicas que se hacen en el pueblo: una buena secretaria y un buen paseo por los Llanos para hacer la digestión.

Y luego cada uno a su casica. Así nos qutábamos tantos problemas y discusiones.

Mi Paquita si disfrutaba mucho este día. Como ella era hija del cuerpo la invitaban todos los años. ¿Hija del cuerpo? A mi siempre me ha sonado raro, no sé, era hija de un Guardia Civil, eso si. Pero sólo de uno, caramba. El caso es que íbamos siempre y les llevábamos unas cajicas de Alcázar o de vino tinto. Y el chiste de rigor: “Pedro, te dejo aquí una caja de cervezas a ver si dejas de multarme una temporada. Que con esto ya estamos a la verea”.

Nosotros, te decía, íbamos invitados por haber tenido familia en la benemérita. Luego iban los interesados en hacerse la foto de rigor, o la Mariquilla a ver qué podía rapiñar. ¡Anda que no le cabían viandas entre los doscientos refajos que llevaba siempre!

Básicamente ese era nuestro día del Pilar de cada año. Mientras estaba ella, claro. Se ve que el puesto de “yerno del cuerpo” no existe, así que me quedé sin invitación al enviudar.

Este año, ves tú, ha sido más tranquilo. Con ver y oler llover he podido disfrutar más que con catorce kilos de jamón serrano y cerveza de gañote. O, mejor dicho, ha sido más tranquilo para mí. Porque a los del sindicato les ha pasado como al de Montefrío ese que iba contigo en la cuadrilla a la aceituna. Pero en lugar de firmar jornales no echados, estos firmaban alquileres no alquilados. Que yo de números no entiendo mucho, pero si pones en un sitio que entra algo, en otro habrá que poner que sale, ¿No? Aunque luego han dicho que es mentira cochina. No sé, a ver como acaba esto.

Sólo faltaba otro juicio, que se ve que nos sobran los dineros para pagar leguleyos. Que si los gúrteles por un lado, los eres por el otro, los alquileres por el de más p'allá... Al final va a tener más futuro estudiar Derecho que meterse a Guardia Civil. Y eso que a los abogados no se llevan cajas de Cruzcampo cuando es su día.

Y los que no están de juicios penales, están de juicios internos. Los de la rosa están para romper la baraja de un momento a otro. Al final pasará como en el torneo ese de brisca: se hará lo que manden los veteranos porque para eso “siempre se ha hecho así”. Y es que la costumbre no es mala, pero tampoco es siempre sana por definición.

Precisamente por eso me voy a tomar hoy un Fanta de naranja, hala, pa despistar. ¡Pedro! Un zumo con pompas para mí y otro vinico para mi socio.

sábado, 1 de octubre de 2016

Otra feria más... (u otra menos)



Pues sí, Matías, otra feria más. Y como las navidades: siempre diciendo que será la última pero, mira tú por dónde, aquí estamos otro año. Lo que no se puede negar es que la he disfrutado como un gorrinico.

El pasacalles lo mejor, con mi Lucía, claro, que a esas horas están los padres trabajando. Ella se decepcionó un poco, esperaba una lluvia de caramelos como en los reyes. Pero.. ¿Qué le vamos a hacer? Menos mal que siempre llevo algún pictolín en el bolsillo por si la carraspera, y con eso se conformó. Y le dan miedo los gigantes y cabezudos. También es normal, yo la entiendo. No es lógico llevar a sus muñequitos preferidos y mezclarlos con los gigantes y cabezudos que son los mismos desde que yo era pequeño.

Una vez abajo se le pasó el mal rato. Las penas con pan son menos, y con coches de choque menos aún. Aunque me sigue sin convencer eso de tener que trasponer a lo hondo del pueblo para echar un ratico de feria. Cerca me pilla, claro, más que antes. Pero era más bonica en el paseo. Todo más a mano, disfrutabas tanto del pueblo como de la feria… No sé, era como más bonica.

Y la del ganao, claro. Esa abajo como siempre. Este año lo que si había era mucho animal, pero suelto. Y no sólo me refiero a los caballos que, angélicos míos, no tienen culpa de llevar encima a cada energúmeno con más vino encima que el Alfonso la semana que libra. Que si, que la feria es pa eso, pa jartarse. Pero con cálculos. Que igual que los animales equinos llevan a algún que otro animal encima, los de los coches ni te cuento. Ya no es sólo aparcar donde buenamente caiga el “ayga”, es salir trompeteando o como se diga. Casi le arranco a mi Lucía el brazo un par de veces con tal de quitarle de en medio cuando pasaba algún cafre de esos.

El arremate de la feria sí estuvo en condiciones. Como era el día del niño (y de las niñas) estuvo mi nietecica montándose como si la feria no fuera a volver en un año. Y así será. Primero en los coches de choque, luego en el toro. Que gracia tiene el jodío ese del torico cabreao, faltándose con todo el que se montaba, pero con mucha buena leche. Luego un ratico de tren de la bruja (que ahora en lugar de bruja tenía a dos payasicos también mu salaos), al mono hinchable a saltar y rematamos con el tiovivo. Clásico entre los clásicos.

Lo que ha sido pa nota han sido los músicos. Madre mía del amor hermoso. ¡Qué orquestas! Menos uno que namás tenía tios cachas y lucecicas, los demás tocando como toda la vida. Vaya arte que tenemos por aquí. Música un poco rarilla, de esa moderna. Pero mis buenos pasodobles que me marqué con mi prima la del Jacinto a media tarde.

Y como rezaba el anuncio ese que tenía la radio: “a falta de toros bueno es el fútbol”, nos acercamos al campo del mismo a ver al Alcalá jugar. No sé contra quien, ¿Qué más da? ¿Y lo bien que te lo pasas? Sólo faltaba el tío del toro mecánico para faltarse con más gracia aún con el árbitro. Empatamos. Empataron, creo. Pero, tras unos días de feria con la cañica a casi cincuenta duros y la morcilla a más de ochenta, se agradece eso de tomar por dos euricos escasos tu lata de cerveza y un lomillo de tapa.

Si es que no es normal lo que necesitan ahora los chavalines para entretenerse. Unos mil cacharricos, los más medianetes al botellón con más alcohol del que nos hemos podido tomar tú y yo en una semana. Antes con poquito nos conformábamos. Si no mira a mi grande, mi Luis. Ese se iba a la calle Real a por mocos de herrero y con eso jugaban un par de meses largos. Y lo mismo les servía de canicas que de perdigones para esentear con el tirachinas.

Al menos, cuando sean mayores, habrán disfrutado sus buenas ferias y se quedarán con lo importante: el chato de los maños.

Y dices tú de maños… ¡Chato! Échale maña al vermuth ese que tienes panza abajo y nos pones un par de vasicos, que tenemos más sed que un jinete en feria.