viernes, 18 de agosto de 2017

Arregostaos a Agosto



Pues sí, Matías, arregostados al agosto. ¿Hoy qué toca? Es lo que más se repite en casa. Raro es  el  día en que no tenemos algo para los chicos o los grandes.

El otro día me llevé a mi Lucía a la fiesta medieval. El Antonio estaba liado con sus horas extra, así que me llevé a la chiquilla dando un paseico. Todo el fresco del pueblo se ve que concentró en La Mota: mínimo diez grados menos.

Allí vimos las máquinas de mi época que llevaba la Iris, la de Marvel, dos marcapáginas y una libretica que nos llevamos, más bonica que un potosí. Luego fuimos viendo más artesanos. Pero artesanos artesanos, no puestecicos de esos de los chinos. Juguetes de madera, vidrio con plomo templado, hierbas de las qye hacia años no se veían… Un lujazo de recuerdos para mí y otro de descubrimientos para mi nieta Lucía.

Impresionantes las ,muchachas del Baruca, yo acojonadillo pensando que se iban a matar a cada respingo que daban. Pero nada más lejos: control absoluto y unas danzas preciosas. Después vimos  al mago.  Llámame infantil, pero sigo disfrutasndo con un buen truco de magia como cuando el ceporrero llenaba las discotecas.

Cuando ya estábamos para volver al pueblo comenzó un teatro. El Cerco de Ben Zayde se llamaba. De cuando el rey Alfonso nosecuantos le wquitó la Mota a los moros. Vsaya cosa más bien hecha. Espectaculares las acrtices, estuperndos los actores. Sobretodo el que hacía de cautivo, y eso que era el que se chivó del pozo oculto y provocó el rendimiento ante el asedio, pero caramba, que guaspetón y buen metido en su papel que estaba.

Una vez acabado seguimos con la proyección audiovisual en la tore del homenaje. De diez música y vídeo. Y a comer algo, que ganas había. Mi asmiguete Anuar tenía su puesto de “miarmas”, “chungüarmas” . Eso sí, entre mi Lucía y yo nos las vimos y deseamos para acabarlo sin reventar. Rico, rico  y con contundente fundamento.

Las dos nos dieron, de la madrugada, y porque me empeñé en irnos. Si hubiera sido por mi nieta aún estábamos allí.

El lunes ya se iba mi Antonio de vacaciones, así que comenzaban también las mías. No digo que cuidar de mi Lucía sea un trabajo, pero de cuando en vez gusta tener tiempo para uno mismo. Pues nada, oyes, que tenía entradas para una ópera.

Yo encantado. Me encanta la zarzuela, y la ópera no deja de ser una zarzuela venida a más. Pero ¡Ay, amigo! Se sbre el telón, como en los chistes, y aquello parece un concvierto de los jipis esos de Líverpool: guitarra eléctrica, batería, bajo eléctrico, piano y la coral. Pese a mi rechazo inicial resultó ser una peculiar selección de lo mejor de cada casa. No entendedí muy bien de qué iba el tema: una señora en porretas sobre la que comían sandía como si acabaran de llegar de  Sidi Ifni, lo mismo un estremecedor solo de piano o una coral impresionante , que asl poco salía un cantante detangos y boleros o una guitarra con distorsión.

¿De qué iba? Sinceramen te no te podría decir, perop sí que me encantó y disafruté como un gorrino. Casi todos lo hicimos, aunque siempre hay puretas a los que no puedes sacar de su roal.

Ahora estoy unos días de reposo, tanta jaranga no puede ser buena. Pero no me perderé a la Rociíllo, la niña del Pérez. Mientras habrá que reposar y reencontrarse con nuestros cariñosamente llamados “limpiaorzas”. Cada vez quedan menos, una pena, pero msiempre se aprende de aquellos que se fueron pero no han perdido sus raíces.

Y hablando de raíces: ¡Pepe! Que parece que has echado raíces ahí detrás de la barra, ven acá p’acá y plántate dos tiestazos de ponche blanco casero.

Arde París



Pues sí, Matías, arde Paris. O eso decía el gabacho que escribió la novela. Curiosa lectura, por si aún no le has metido mano, ya que es de esas en las que no te enseñan nada sino que te lo muestran: desde todos los puntos de vista y desde cada ángulo posible. Ahora ya es cosa de quien la lea quedarse o entender una verdad u otra. O sacar sus propias conclusiones, que es la mejor manera de aprender.

Aunque aquí no es Paris quien arde, sino Doñana. No hay nada más triste que ver cómo se destruye algo que costó años y décadas construir. Que se estropee un coche o un móvil todavía, mala suerte. Pero ver cómo en unas horas se va todo a freír espárragos da mucha grima.

Este es el tiempo que nos ha tocado vivir. Bueno, a nosotros no, que estamos ya curados de espanto y tenemos nuestra paguilla cada mes; sí a los jóvenes que vinieron después. Mi Antonio, sin ir más lejos, está ahora en el paro, lo echan en verano para luego volver a contratarlo en septiembre. Meramentico lo mismo que Doñana: años y años tratando de conseguir crear algo para que luego, de un plumazo, nos quedemos como al principio o peor.

Ahí sí es verdad que no hay más puntos de vista. Se puede adornar todo lo que se quiera, de hecho en septiembre habrá un parado menos cuando contraten de nuevo a mi Antonio. ¿Buena noticia? En los números sí, pero no en las personas que son, al fin y al cabo, las que debería importar.

Si es malo destrozar lo conseguido ¿Sabes lo que es peor? No tener ganas de volver a empezar. Le dices a mi Antonio que se ponga en huelga para reivindicar y le sale fuego por los ojos: ¡¿Y perder un día de curro y sueldo?! Tú estás loco. Así nos va. Así les va, perdón.

Lo mismo con lo del orgullo gay. Se queja todo el mundo de que por qué no hay un día del orgullo hetero, o del orgullo normal. ¿Normal? Normal será cuando llegue el día en que conozcas a alguien y te diga: -“Hola, me llamo Jacinto y soy gay”- y tú contestes –“Pues yo me llamo Matías y soy sagitario”-. Ahí sí sería absurdo hacer el día del orgullo gay como lo es ahora, y desde hace mil años, celebrar el del orgullo de los sagitarios.

En su día no estaba mal visto, ni importaba más que ser calvo o capricornio. Luego llegaron los tiempos malos. Pero a eso de los años ’80 más o menos ya volvía a no importar tanto. Ahora estamos otra vez criminalizando. Igual que los bosques: décadas para enjaretarlos y apenas unos momentos para volver a la casilla de salida.

Así va el mundo, amigo mío. Un ciclo que se convierte en espiral y cada vez pasa todo más rápido. Hasta el día en que se colapse y seamos carcas por la mañana, modernos por la tarde y vintages a la hora de acostarnos.

Todo lo que se crea se destruye, es ley de vida, pero debería ser para dar paso a algo mejor. La tierra se raja al ararla, y a los meses se ha convertido en una hermosa huerta. Los peques pasan unos días malísimos con la fiebre, pero salen fortalecidos y con algún centímetro más de altura. Eso sí tiene sentido, romper para avanzar. El único requisito que tiene es saber hacia dónde se va. Teniéndolo claro puedes tirar un tabique de la salita para ampliar el salón, o puedes romper la hucha de cerdito para comprarte ese capricho con el que llevas meses soñando.

Una pena que últimamente no sólo se destruya por destruir, sin objetivo ni beneficio algo (para la sociedad en general, me refiero); y por otro lado sólo se construyan muros para separarnos y diferenciarnos. ¿Qué somos distintos? Toma, ¡Pues claro que sí! Gracias a eso no nos aburrimos.

Así que menos quemar, menos destruir por gusto, menos forzar peleas innecesarias; y más llevarnos bien con cariño y respeto tanto con las criaturas como con el entorno. Ya mismo empieza el etnosur, así que tenemos una prueba tangible que lo importante que es construir juntos en lugar de mandarlo  todo a freír espárragos.

Y dices tú de espárragos: ¡Juan! Hace media hora que te pedimos la tortilla de espárragos, ¿Los has recogío ya o esperamos a la próxima temporada?

viernes, 23 de junio de 2017

Tiestos y tiestas



Pues sí, Matías, fuera del tiesto o la tiesta. Estamos en un tiempo en el que hay que medir más las palabras que lo que se dice. Estaba yo el lunes de la feria, aprovechando que costaban los cacharricos a cincuenta duros, y dice un abuelete que estaba a mi lado: “hay que ver qué bien se los pasan los nenes en los columpios”. Yo asentí, evidentemente, que estaba con mi Lucía para que disfrutara de las atracciones. Pero alguien al lado le espetó “los nenes y las nenas, querrá decir”. El pobre se quedó parado y sólo pudo asentir.

Entonces me dio por pensar, mira tú que cosas a mi edad. ¿Y si hubiera dicho “los chaveas”, o “la chavalada”? A lo mejor no viene en el tocho ese rancio del DRAE, pero caramba, se entiende que engloba a todos los géneros. Es una catalogación neutra filtrada por edad, simplemente. Igual que decir los nenes así, en general.

Tenemos más vocabulario que gastronomía, que ya es decir, pero no lo usamos. Muy al contrario, duplicamos lo que hay hasta retorcerla de la manera más grotesca.

El guaperas ese que le ganó a la de Andalucía, ¿Cómo era…? Pedro, si, como mi pequeño. Habla el hombre que parece que mantiene dos conversaciones simultáneas, como cuando el móvil te da eco y hablas sólo porque no hay quien se entere de nada. “Amigos y amigas, candidatos y candidatas”,… Chapeau, evidentemente, porque si hablas con un grupo de gente te tienes que referir a todo el grupo.  Yo empiezo siempre con un “Pues sí, Matías” porque sólo hablo contigo. Imagina que, por mil demonios, estas charlas acabaran… ¿Yo qué sé? ¿En un periódico mismamente? Claro, ahí tendría que generalizar. Llámame viejo o arcaico, pero en ese caso no diría “lectores y lectoras”. Entiendo que “lectores” como genérico puede, aunque no es así, dejar a las féminas aparte. Ahí usaría “a quien me lea”, por ejemplo. ¿Ves qué fácil?

El problema es que así, pese a ser inclusivo, no lo demuestro. Es mejor decir “electores y electoras” que “electorado”, o eso deben pensar quienes escriben los negocios.

En mi pueblo eso es ser un pintas o, como dicen ahora, hacer “postureo”. No sólo eso, sino que de esta manera evitamos hablar de lo que queremos hablar y nos centramos en el cómo.

¿Por qué se insiste más en llamar “directores y directoras” a quienes se hacen cargo de la gerencia de una empresa? La gran mayoría son señores con mostacho y traje de chaqueta gris o marrón. ¿Por qué no tratar de que haya más señoras en esos cargos? Me da igual cómo se llame, lo mismo “gerentes y gerentas” que “alcachofos y alcachofas”, pero que las haya, que estén ahí donde deben de estar.

Inauguraba un amiguete mío su piscina hace unos días: limpica, agua fresca y cristalina. Va y me suelta “voy a invitar a todos los amigos y amigas de mis hijos e hijas para que se lo pasen bomba y hagamos un guiso”. Me quedé un rato pensando, poquito, claro, y le dije “osea, que vas a convidar a las amistades de tu progenie, ¿No?”. Mira tú que cosa más sencilla. Bueno, pues empezó a llamarme carcamal, viejuno, y a echarme en cara que hablara muy raro.

¿Qué es más importante: que todos disfruten juntos un día de piscina o que mi amiguete quede de lujo dándoselas de inclusivo? Es igual que lo de los gerentes o gerentas. Lo importante es que todo el mundo pueda hacer de todo, que se respeten los derechos y se garanticen las oportunidades de las personas independientemente de su sexo o género. Además lo que ganaríamos en vocabulario si un día juntamos a toda la membresía de nuestro grupo, felicitamos al equipo médico por su trabajo, o nos manifestamos delante de la dirección de la empresa para exigir mejores salarios.

Resumiendo, que más vocabulario y menos adaptación forzada. Hay idiomas que no tienen género, como el inglés, y se quitan de esos problemas. Pero tienen menos riqueza que la nuestra. Si Cervantes levantara la cabeza, amén de darse un testarazo con la tapa allá donde esté, se reiría de nosotros; y Rosalía de Castro se saldría de los billetes de cien duros avergonzada.


Chimpún



Pues sí, Matías: chimpúm. En cualquier otro lugar del universo mundo un chimpún sería la manera de acabar. Como un pispás o un colorín colorado. Pero aquí somos como somos, y el chimpún lo usamos para todo: desde el comienzo hasta el final. Como en la peli aquella: “me encanta el olor a pólvora por la mañana” o algo así.

Este mes han sido los primeros los del Rocío. De la Cruz del Coto se van al Coto de Doñana y acompañan de chimpunes toda su trayectoria, hasta la avenida de Portugal. Supongo que no andarán con cohetes por el resto del camino, nadie entendería nuestras costumbres y los detendrían en cualquier esquina. A la vuelta no van a ser menos, chimpunes por doquier para anunciar la llegada. ¿No es bastante con cortar el llanillo para bajar andandico hasta el coto?

Si la religión es una de las grandes pasiones, el fútbol no lo va a ser menos. Otra oleada de chimpunes porque el Madrid ha ganado no sé qué cosa. Jugaba contra un equipo italiano, así que todos iban con “el de aquí”. ¿El de aquí? ¡Pero si la estrella es un chaval de Portugal! En fin, será eso que dicen de que hay que sentir los colores.

Lo que sí he sentido yo y no precisamente de colores, sino de olores y sabores, han sido las pitanzas gastrofestivas que se nos han juntado en un chispo.

En la puerta del excelentísimo el marisco. Luego dice la gente que lo de la globalización no existe: ¡Si tenemos marisco en Alcalá! Lo más exótico que he probado yo ha sido el atún con Musa en alguna boda, regado con un Savin y Pitusa. Alguna gambica también, esporádicamente. Pero ahora no, ahora tenemos aquí pescado como para llenar cincuenta bacotones y alvariño para marinarlo. No me preguntes qué es eso, pero algo así como un vino de guisar en plan pijo.

Yo soy más, ya lo sabes bien, de la tierra que del mar. Así que tras comerme unas almejas enormes tamaño folio que ni me acuerdo como se llamaban me bajé al paseo a probar los quesos. Eso sí era sentir y viva la globalización. Desde Alcalá, Ermita Nueva o Santa Ana hasta las más recónditas cuevas de La Coruña. Y con vinos de los de toda la vida, de la tierra, nada del Álvaro ese pajizo que ponían arriba.  Con su chambaico para quitar el Lorenzo de justicia que ha caído estos días se estaba en la mismísima gloria. Dos pastillas del colesterol me he tenido que tomar, pero la ocasión lo merecía.

Así que con la barriga llena, la tocha más que castigada, el gaznate a reventar y los tímpanos como papel de fumar; ¿Qué quieres que te diga? ¡Que han sido unos días de lujo! Hoy, eso sí, me voy a tomar una sin alcohol, que ya mismo tenemos la feria encima y toca purificar el cuerpo.

¡Miguelillo! Deja ya el telefónico y llena al múo por estos roales, que me tienes más hechas que la Marinati a su madre.

¡Qué Cruz!



Pues sí, Matías: ¡Qué cruz! Cambio de mes, de trimestre, toca hacer la renta,… un sin vivir para este mes al menos nos ha salvado de un abril más que peculiar. Si en abril aguas mil, y temperaturas que suben y bajan como los precios; esperemos que este sea un mayo arreglado: ni frío ni achicharrado.

No es que sean malos los cambios pero, ya a ciertas edades, con que un día refresque se ponen los huesos demasiado quisquillosos. Al menos el tiempo sí que ha respetado las fiestas. Raras, eso de empezar la semana con festivo, y más o menos tranquilas, pero bien llevadas. Nosotros nos pasamos el lunes para darle un buen estreno, me acerqué con mi Lucía y casi me cuesta un disgusto bajarla del mono hinchable. No quisiera yo dejar a la niña sin jugar, pero también quería ver el ambiente. Un par de morcillas, un par de pinchos y a casita. Luego ya que la suban otra vez sus padres si se animan, que yo con ese par de horicas que echamos ya me doy por satisfecho.

De camino al juego de pelota, que no todo van a ser fiestas, paramos en el paseo a ver la manifestación del trabajo. Yo me esperaba que, como mínimo, acudieran los mil y muchos  parados que tenemos en el pueblo pero, mira tú por dónde, de los cuarenta y algo que iban casi todos tenían curro, eran aún estudiantes o estaban jubilados. Muy raro todo, se ve que estarían mandando currículums o estudiando unas oposiciones y por eso no pudieron acudir. O bien estarían en Charilla, que se daba una comida para celebrar el día del trabajo. Demasiado cómodos somos: en lugar de pedir para pan vamos a que nos lo den. Así tenemos un día sin hambre y al siguiente ya veremos qué hacemos. Si con cruces las del juego de pelota, más cruz es el desempleo. Ahí tenemos las dos cruces clavadas, pero no las dos en el monte del olvido.

Una vez en casa ni cruces ni nada. Es lo bueno de haberme bajado al sur, que me he quitado de pasar estas fiestas espantando a los chavales que orinan por las esquinas. Tranquilidad, paseo hasta el cementerio y el transistor portátil para ir escuchando el parte por el camino. Así es la felicidad, tan sencilla como difícil de encontrar.

Lamentablemente la gente se empeña en esquivarla o esperar a que le venga hecha, como si la vida fuera ir por una autovía recta y sin tráfico. Dices tú de autovía, ni siquiera en eso nos ponemos de acuerdo. Te pones a leer lo que cada partido dice al respecto y la única conclusión (si damos por hecho que ninguno miente) es que tenemos entre cinco mil euros y más de veintidós millones para la conversión de la nacional. La horquilla es amplia, sin duda. ¿Te imaginas llegar al banco y decirle al cajero “deme entre cinco mil y veintidós millones de euros”? Pensaría que le estás tomando el pelo. Y tal vez no vaya muy desencaminado. Cuando esté hecha, si es que aún estamos nosotros para verla, estaremos de Granada a media hora escasa. Es ahora y hay gente que baja hasta para comprarse un par de calcetines, imagínate cuando tardes lo mismo en ir y venir que en bajar andando al mercaillo desde la carretera de Priego. Queremos vivir en un sitio tranquilo, pero que haya mil discotecas para salir de fiesta; que vendan de todo, pero casi ni compramos el pan; tener un trabajo estable, pero no vamos a pedirlo. Atrás quedaron los años buenos, que éramos el centro de la comarca y mucho más, hasta de Benalúa o Priego venía gente para comprar y echar el día.

Ya llegarán tiempos mejores. O llegará la autovía. Lo que tiene que llegar es el vaso de vino, ¿Has pedido ya? ¡Migue! Venga hombre, que estamos más secos que la pila de agua bendita de Santo Domingo. Esta juventud se pone a mirar el móvil y se les va el santo al cielo. Qué cruz, Matías ¡Qué cruz!