viernes, 23 de junio de 2017

Chimpún



Pues sí, Matías: chimpúm. En cualquier otro lugar del universo mundo un chimpún sería la manera de acabar. Como un pispás o un colorín colorado. Pero aquí somos como somos, y el chimpún lo usamos para todo: desde el comienzo hasta el final. Como en la peli aquella: “me encanta el olor a pólvora por la mañana” o algo así.

Este mes han sido los primeros los del Rocío. De la Cruz del Coto se van al Coto de Doñana y acompañan de chimpunes toda su trayectoria, hasta la avenida de Portugal. Supongo que no andarán con cohetes por el resto del camino, nadie entendería nuestras costumbres y los detendrían en cualquier esquina. A la vuelta no van a ser menos, chimpunes por doquier para anunciar la llegada. ¿No es bastante con cortar el llanillo para bajar andandico hasta el coto?

Si la religión es una de las grandes pasiones, el fútbol no lo va a ser menos. Otra oleada de chimpunes porque el Madrid ha ganado no sé qué cosa. Jugaba contra un equipo italiano, así que todos iban con “el de aquí”. ¿El de aquí? ¡Pero si la estrella es un chaval de Portugal! En fin, será eso que dicen de que hay que sentir los colores.

Lo que sí he sentido yo y no precisamente de colores, sino de olores y sabores, han sido las pitanzas gastrofestivas que se nos han juntado en un chispo.

En la puerta del excelentísimo el marisco. Luego dice la gente que lo de la globalización no existe: ¡Si tenemos marisco en Alcalá! Lo más exótico que he probado yo ha sido el atún con Musa en alguna boda, regado con un Savin y Pitusa. Alguna gambica también, esporádicamente. Pero ahora no, ahora tenemos aquí pescado como para llenar cincuenta bacotones y alvariño para marinarlo. No me preguntes qué es eso, pero algo así como un vino de guisar en plan pijo.

Yo soy más, ya lo sabes bien, de la tierra que del mar. Así que tras comerme unas almejas enormes tamaño folio que ni me acuerdo como se llamaban me bajé al paseo a probar los quesos. Eso sí era sentir y viva la globalización. Desde Alcalá, Ermita Nueva o Santa Ana hasta las más recónditas cuevas de La Coruña. Y con vinos de los de toda la vida, de la tierra, nada del Álvaro ese pajizo que ponían arriba.  Con su chambaico para quitar el Lorenzo de justicia que ha caído estos días se estaba en la mismísima gloria. Dos pastillas del colesterol me he tenido que tomar, pero la ocasión lo merecía.

Así que con la barriga llena, la tocha más que castigada, el gaznate a reventar y los tímpanos como papel de fumar; ¿Qué quieres que te diga? ¡Que han sido unos días de lujo! Hoy, eso sí, me voy a tomar una sin alcohol, que ya mismo tenemos la feria encima y toca purificar el cuerpo.

¡Miguelillo! Deja ya el telefónico y llena al múo por estos roales, que me tienes más hechas que la Marinati a su madre.

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