viernes, 23 de junio de 2017

Estamos comoel Tiempo



Pues sí, Matías, estamos como el tiempo. Decían los viejos que “el invierno no ha pasado hasta que abril haya acabado” y verdad que es. Lo mismo tenemos un día de solano de los que tornan el cogote carmesí, que otro de los que ponen los pezones como para colgar dos chaquetas de pana mojadas.

Meramentico así estamos todos, un día uno para todos y otro todos para uno, pero sin mezclar, que sienta mal. Ahora están liados en la Mota con la restauración de la muralla de atrás. Noroeste creo que es, o la otra, no me he enterado nunca de las brújulas como andan. Parece ser que tenemos la fortaleza como los escenarios de un teatro: por delante todo estupendo y por detrás andamios y cinta americana. No es que sea todo fachada, ni mucho menos, que bien bonica está por dentro y por fuera. Pero claro, el culo no se lo ve nadie, así que no se han metido manos a la obra hasta que no ha amenazado con… bueno, ya sabes lo que hace esa parte, sea de un cuerpo humano o de uno arquitectónico. La verdad es que la Mota, por mucho que la adecenten, tiene ya una edad. No tanto como mi parienta la Dolores, la “Isidora” más longeva, que lleva andando por la Tejuela desde antes que llegara Ibn Said, pero por ahí andará. Es que hay gente que no envejece, igual de estupenda está con los mil y pico años que tiene que cuando tenía sólo setenta. Parece cosa de magia.

¿Has visto los trucos esos de los magos de cartas? Sí, hombre, el majara ese del sombrero de copa, el Tamariz y los demás, pues lo mismo ha pasado en lo alto de la calle Real: todos pendientes de restaurar el trasero de la fortaleza y va y se cae una casa en lo alto de la calle. No creo que fuera un desvío de atención como hace el del violín imaginario, pero no deja de resultar curioso. Además amenaza la casa caída con seguir haciéndolo, se ve que no se revisó en su día o que aparentaba lo que no era. Menos mal que no hemos tenido que lamentar más daños que el de quedarse sin casa, que no es poco. En lo del chato están alojados, mientras se las averiguan.

Pero ni todo es magia ni todo imaginario. O tal vez sí. Me acerqué el otro día a un bar de esos modernos que llaman pús. Vaya nombre desagradable, la verdad. ¿Tal vez era pub? El caso es que este se llamaba Casablanca, como la peli esa que le gustaba tanto a la Paquita, del malafollá amargao que se encuentra con su novia de mozuelo pero le ayuda a irse con su novio de ahora. Nunca entenderé las películas modernas. El caso es que, y esto iba por lo del violín, había un artista extranjero tocando esa guitarrilla pequeña que se echan al hombro como el tío del butano. Para mí que no era extranjero, llámame paranoico, pero juraría haber visto al artista moldavo al sacar cita para don Manuel en el CHARE. Muy buen ratico, y en grata compaña, que los mozalbetes que allí había valen más que un potosí. Da gusto ver como se apuntan los chaveas a los eventos culturales que tienen realmente trasfondo.

Para cultura, de la buena buena, mi Lolilla que viene a presentar un libro. La Montijano, que lo mismo te hace un cuadro que te escribe una novela, vuelve a su casica que es Alcalá a presentar su último libro: “La Casa”. Coincidiendo con el día 23,  del libro, cuando la espichó el tullido de Lepanto. Ganicas hacen ya de ver a la muchacha, que desde que se apoltronó en las granadas se prodiga menos que la mujer de Colombo. Y ese mismo día, por la tarde, unos chavalicos de lo más apañado leen sus propios relatos en el bar raro ese que te dije, el Casablanca. Ya tiene mérito, en estos tiempos que corren, no sólo ponerse a escribir sabiendo que es sólo por amor al arte, sino encima leerlo en público y regalarlo a los asistentes. Esta cultura si es la que me gusta aquí, a la que tenían que bajarle el IVA, y no a los toros.

La gente no me cree cuando se lo digo, pero Alcalá es a la literatura más o menos como Valencia a los puentes que se caen solos: un referente. No ya sólo por los premios del Arcipreste, que también, sino que si le das una patada a una piedra o sale alguien que escribe que da gloria leerlo o sale alguien que toque la guitarra o cante como un ruiseñor. Te decía la otra vez que todo era correr y cantar, pero también escribir, leer, compartir cultura y, sobre todo, disfrutarla. Porque estas cosas son como una partida de chinchón: si no tienes a nadie con quien compartirla deja de tener sentido.

Mis partidas de chinchón las voy a tener que aplazar, que se me ha ido mi compadre con el que jugaba, el Mateo. Mil años de mercaillo en mercaillo con la furgoneta cargada de ropa de la buena. Esta rebeca, sin ir más lejos, se la compró mi Paquita hace ya unos años y mira como está, mejor que nueva. Trabajando, llevándolo todo para adelante sin quejarse lo más mínimo. Luego a la jubilación con su perrico de arriba abajo, con el puro apagado en la boca y saludando al ciento y la madre por el camino. Ahí queda la señora Dolores, todo mi cariño para ella, y tres nenes como tres soles.

Así que hoy toca brindar por Mateo: ¡Francisco! Ponte otros dos vinicos y deja uno más ahí en la barra; que, como decía la copla,  “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.

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