viernes, 23 de junio de 2017

¡Qué Cruz!



Pues sí, Matías: ¡Qué cruz! Cambio de mes, de trimestre, toca hacer la renta,… un sin vivir para este mes al menos nos ha salvado de un abril más que peculiar. Si en abril aguas mil, y temperaturas que suben y bajan como los precios; esperemos que este sea un mayo arreglado: ni frío ni achicharrado.

No es que sean malos los cambios pero, ya a ciertas edades, con que un día refresque se ponen los huesos demasiado quisquillosos. Al menos el tiempo sí que ha respetado las fiestas. Raras, eso de empezar la semana con festivo, y más o menos tranquilas, pero bien llevadas. Nosotros nos pasamos el lunes para darle un buen estreno, me acerqué con mi Lucía y casi me cuesta un disgusto bajarla del mono hinchable. No quisiera yo dejar a la niña sin jugar, pero también quería ver el ambiente. Un par de morcillas, un par de pinchos y a casita. Luego ya que la suban otra vez sus padres si se animan, que yo con ese par de horicas que echamos ya me doy por satisfecho.

De camino al juego de pelota, que no todo van a ser fiestas, paramos en el paseo a ver la manifestación del trabajo. Yo me esperaba que, como mínimo, acudieran los mil y muchos  parados que tenemos en el pueblo pero, mira tú por dónde, de los cuarenta y algo que iban casi todos tenían curro, eran aún estudiantes o estaban jubilados. Muy raro todo, se ve que estarían mandando currículums o estudiando unas oposiciones y por eso no pudieron acudir. O bien estarían en Charilla, que se daba una comida para celebrar el día del trabajo. Demasiado cómodos somos: en lugar de pedir para pan vamos a que nos lo den. Así tenemos un día sin hambre y al siguiente ya veremos qué hacemos. Si con cruces las del juego de pelota, más cruz es el desempleo. Ahí tenemos las dos cruces clavadas, pero no las dos en el monte del olvido.

Una vez en casa ni cruces ni nada. Es lo bueno de haberme bajado al sur, que me he quitado de pasar estas fiestas espantando a los chavales que orinan por las esquinas. Tranquilidad, paseo hasta el cementerio y el transistor portátil para ir escuchando el parte por el camino. Así es la felicidad, tan sencilla como difícil de encontrar.

Lamentablemente la gente se empeña en esquivarla o esperar a que le venga hecha, como si la vida fuera ir por una autovía recta y sin tráfico. Dices tú de autovía, ni siquiera en eso nos ponemos de acuerdo. Te pones a leer lo que cada partido dice al respecto y la única conclusión (si damos por hecho que ninguno miente) es que tenemos entre cinco mil euros y más de veintidós millones para la conversión de la nacional. La horquilla es amplia, sin duda. ¿Te imaginas llegar al banco y decirle al cajero “deme entre cinco mil y veintidós millones de euros”? Pensaría que le estás tomando el pelo. Y tal vez no vaya muy desencaminado. Cuando esté hecha, si es que aún estamos nosotros para verla, estaremos de Granada a media hora escasa. Es ahora y hay gente que baja hasta para comprarse un par de calcetines, imagínate cuando tardes lo mismo en ir y venir que en bajar andando al mercaillo desde la carretera de Priego. Queremos vivir en un sitio tranquilo, pero que haya mil discotecas para salir de fiesta; que vendan de todo, pero casi ni compramos el pan; tener un trabajo estable, pero no vamos a pedirlo. Atrás quedaron los años buenos, que éramos el centro de la comarca y mucho más, hasta de Benalúa o Priego venía gente para comprar y echar el día.

Ya llegarán tiempos mejores. O llegará la autovía. Lo que tiene que llegar es el vaso de vino, ¿Has pedido ya? ¡Migue! Venga hombre, que estamos más secos que la pila de agua bendita de Santo Domingo. Esta juventud se pone a mirar el móvil y se les va el santo al cielo. Qué cruz, Matías ¡Qué cruz!

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